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EPÍLOGO a la PARTE SEGUNDA: Página 2/8
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“Señor don Alacaída González e Cabeza de Vaca – dijo apresurado el oficial -, enviado soy para comunicaros y entregaros este título, que os nombra capitán de la Guardia Real de por vida. No sé cuales serán vuestros cometidos, mas tenéis licencias de todo tipo e una buena paga que capitán alguno de la guardia tiene. Muchos honores se os conceden aún no habiendo ceremonia de por medio, mas tanto el Generalísimo como Su Majestad don Juan Carlos I han firmado estos documentos. Si firmáseis en este otro lugar vuestra conformidad…”. (mojó con la lengua su pulgar e pasó la página).

“¿Por qué no habría de firmarla? – contesté –. No es el dinero lo que me empuja a ello sino el saber que podré seguir defendiendo lo que creo y amo”.

“Con este documento – espetó – firmáis un compromiso dificultoso de cumplir”.

“Así lo creo – le dije – que paréceme no van a ir las cosas por donde estaban previstas. Pero he de firmar; no os preocupéis”.

“Esta preciosa insignia de oro – continuó – os hará distinguido entre los distinguidos. Ponedla en lugar bien visible; en la toquilla del sombrero la pondría yo, o en el alalar de vuestra capa. Tras ella, va inscrito vuestro rango acompañado del sello real. Mas no me preocuparía yo mucho por identificaros, que sé la gente bien os conoce por doquier”.

“Espero – le dije con cierta burla – no se me conozca como fenómeno de circo o como loco disfrazado e creyéndose Napoleón”.

“Bromeáis – contestó al punto – que bien sabéis la gente os admira e no es precisamente por vuestra vestimenta”.

“Os invito agora – dije a este oficial e su acompañante -, si es de vuestro agrado y como costumbre sevillana, a una copa e una tapa”.

“Sé es aquí costumbre – repuso – e no hemos de rechazar tal oferta, que me han dicho que hay bares por estas calles de mucha fama”.

“Subamos entonces calle arriba e iremos a un sitio privilegiado”.

E saliendo de la casa, subimos hacia la calle Pajaritos, mas, al llegar casi a la puerta del Bar Estrella, dijo el oficial:

“¡Dios Santo!, que muchas veces he oído hablar deste sitio e de sus tapas. ¿Os importa entremos en él?”.

“Veréis – les dije -, porque lo conozcáis y comprobéis que es lugar de mucha fama e se la merece, entraremos en él, mas observad que me veré obligado a tomar una cerveza con higadillos”.

“¿Os obligan a tomar siempre lo mesmo? – preguntó el acompañante - ¿Es esto también costumbre de Sevilla?”.

Echéme a reir e le di la explicación:

“No, señor, que un día entré e tal cosa pedí como aperitivo. Al día siguiente, por haberme gustado tanto, volví a pedir lo mesmo; e así pasó al tercer día, mas, al cuarto, en viéndome el camarero de entrar en el bar ya me tenía puesta la cerveza con los higadillos, e no queriendo decirle los retirara, me veía obligado a tomar siempre lo mesmo. Mas no tengáis cuidado, que hace ya tiempo que no entro e tal cosa me gustaría catar”.

Rieron entrambos por la historia e fuimos hacia la esquina de la calle con la de Pajaritos, que es donde se encuentra este lugar, y al entrar, oyóse un grito que decía:

 “¡Una de higadillos para el capitán, e una cerveza bien fría!”.

E fue tal la risa que hubieron mis acompañantes que esperamos una pieza para pedir lo que ellos iban a tomar.

“A estos sevillanos no hay quién les gane”.

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Última actualización: sábado, 04 de noviembre de 2006