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EPÍLOGO a la PARTE SEGUNDA: Página 1/8
uengo fue el tiempo que hube de pasar a escondidas en otras épocas, que desde la grandeza del Imperio de Su Majestad El Emperador don Carlos I de España (el V de Alemania) hasta la pobreza de la Nación actual que se nos deshace con el reinado de Su Majestad don Juan Carlos I, ha pasado España por momentos en los que yo no era tomado como capitán, no se reconocía mi lucha constante e, incluso, se me prohibía cosa alguna. Revoluciones, repúblicas, dictaduras, me obligaron a restar en casa años enteros por no ser muerto linchado. En algunas épocas, ni siquiera en casa pude estar, que iban allí mesmo a buscarme día e noche e hube de desaparecer.

No detallo aquí dónde se encuentran mis posesiones, pues patrimonio tengo por toda España (incluídas las regiones de Cataluña e Vascongadas), pues paréceme he de vivir aún muchos más años e no sé si lo haré como capitán o menesteroso que haya de sentarse en las puertas de las catedrales e vivir de la limosna. Espero agora, eso sí, que teniendo a mi compañero e a mi ahijado no se lleve todas las cosas el diablo.

A la muerte no le temo, sino a las injusticias que muchos están dispuestos a hacer porque no quieren a un hombre que ha dado e dará su vida por una España; por muy mermada que esté ésta agora.

A un punto estuve de la muerte e vi los cañones de los fusiles apuntando a mi pecho, que no quería morir con los ojos vendados. Capturado por los soldados del dictador General Franco, se me prohibía defender nuestra monarquía a la que siempre he sido fiel. Mas Dios puso su mano, que ya puestos los dedos en los gatillos, recibióse mensaje escrito e aquel hombre que mandaba el pelotón dio el alto, se acercó a mí, quitó las trabas de mis pies y manos, púsose en frente a unos dos pasos e dióme un saludo militar en diciendo: “Capitán, Su Excelencia el Generalísimo quiere hablar con vos antes de que muráis”.

E fuéme puesta una capucha negra y empujado dentro de un cajón que fue subido a un carruaje. Desta guisa, recorrí mucho trayecto e luego se paró en un lugar de mucho silencio. Comenzó a moverse la caja e noté algunos hombres me llevaban a otro sitio. No me equivoqué, que al dejarme ver el lugar donde me encontraba había a mi en derredor más de diez militares en un sótano como dormitorio o como celda, mas de gran tamaño.

No sabía ni do estaba ni a do me llevaban. Subimos escaleras estrechas, húmedas e obscuras, mas, al abrir una de las puertas, dimos a un gran pasillo alfombrado e de muy grande lujo e con lámparas doradas e grandes ventanales que asomaban a frondosos jardines. Nos entramos entonces en una grande habitación como despacho e allí me esperaba otro militar en pie, dióme la bienvenida, llamóme capitán, e fízome muchas preguntas. No creía al principio mi vida era tan luenga (aunque ya dello algo sabía), e luego, viendo decía yo que el motivo no conocía e que debería ser la voluntad de Dios, espetó gravemente: “Cierto es que para Dios nada hay que no sea posible”.

E mucho más hablamos hasta que me dijo:

“El capitán ha de ver al Generalísimo, que tiene éste mucho interés por conoceros. Espero, e no me gustaría tomar drásticas medidas, se comporte vuesa merced como es debido. Entiendo pueda no estar de acuerdo con él en ciertos asuntos, mas espero también no le contradiga en cosa alguna. Si en esto estáis de acuerdo e lo prometéis, habréis audiencia con él en una corta pieza. Si no pensáis agora razonar en la visita, volveréis a dar un paseo hasta el paredón de fusilamiento”.

“¿Me tomáis por loco? – le dije –. Quiero oír las razones deste general y exponerle las mías. Sé que no estaremos en acuerdo en todo lo que se hable, mas jamás, si no hay traición a España, es mi comportamiento violento. Me basta con que este hombre defienda a España; lo del asunto de la monarquía ya me lo aclarará”.

“Me asombráis, capitán – dijo este hombre -, que nadie razona como vos lo estíais haciendo. Paréceme, por lo que habéis dicho, que el Generalísimo estará en acuerdo con vos en muchas cosas”.

Abrióse una gran puerta que daba paso al despacho del General y, entrando de espacio e quedo, me paré a una cierta distancia de su mesa. Era un hombre de apariencia sencilla, parecióme de baja estatura e, al oírle decir me acercáse a su mesa, vi que su voz era suave e su tono agradable.

“General – le dije – se presenta el Capitán Alacaída a vuestro servicio”.

“Acercaos – dijo cordialmente -, a nadie me como. Tomad asiento que me molesta hablar con alguien que esté en pie. De vos he oído cosas que, Dios me perdone si yerro, no creo, pues no pienso hombre alguno pueda vivir tantos años. Vuestro atuendo no me dice nada, mas ya veremos que me decís vos mesmo”.

“Preguntad - le dije – e con gusto os he de dar cuantas razones me pidáis, mas tened en cuenta que hay cosas que no puedo demostraros”.

“¿Y qué importa eso? – respondió sonriendo –. Puedo saber con quién hablo cruzando unas palabras una pieza, mas… observo no os descubrís y tal me hace pensar que no sabéis bien con quién habláis”.

“Perdonad, mi general – le dije –, os aclare soy noble e sólo estoy obligado a descubrirme ante Su Majestad el rey o ante el Santísimo Sacramento del Altar”.

Hubo silencio e pensé aquel hombre se había molestado por mi respuesta, mas al poco dijo:

“¿Qué me importa si lleváis sombrero o no? De vos quiero saber, no de vuestro tocado”.

Y viendo era hombre de razón, le dije:

“Preguntad cuanto queráis e tendréis las respuestas, mas sabed que mi misión es la defensa de España y de su monarquía. Si puedo ejercerla, en muchas cosas podremos razonar; si alguna dellas tenéis prohibida, poco hay que hablar”.

“Erráis – me dijo –, que mucho habría que hablar, que aquí estoy porque quiero defender a España y si pensáis lucho contra la monarquía, más erráis. Pero este tema he de aclarároslo con más calma e más palabras. Supongo sabe vuesa merced que cuando yo llegué a España ya Su Majestad había huído; así pues he venido a unir la Patria que están desuniendo e a dejar al Rey en su puesto. De muy gran ayuda podríais serme e por eso no sólo he de quitaros la pena de muerte que sobre vos caía, sino que he de concederos un privilegio que con el tiempo os llegará”.

“Pues bien habéis tomado – le dije – el puesto de Jefe del Estado sin preguntarnos; tengamos la fiesta en paz, que no es momento de saraos sino de defender, como bien habéis dicho, lo poco que ya nos queda de España”.

“Al menos – dijo con un tanto de pesar – conservemos lo que hasta agora teníamos”.

“En tal empresa tenéis mi ayuda – dije con prudencia -, mas no si usurpáis un puesto que no es vuestro. Contad conmigo si es así como pensáis hacerlo”.

“Así ha de ser, capitán – me dijo sonriente –, aunque paréceme hay tanto que arreglar que pasarán años. Hagamos todo sin prisas pero sin pausa, con un pacto muy simple. Sé por lo que se me ha dicho que aún os quedan muchos años de vida, mas la mía llegará a su fin en algún momento. Entonces, hablaremos del gobierno de España. Agora, he de entregaros esto (abrió un cajón y sacó algo envuelto en un paño rojo); es un estuche que podéis abrir cuando queráis; sin llave alguna. Os pido no lo abráis, en ello veré vuestra confianza. Llegado el día de mi muerte os será entregado un otro recado. Tengo en mente dejar al sucesor de la Casa Real para que lleve a España aún a mejor puerto, mas si viéreis que no lo hace o no le dejan hacerlo, abrid el estuche e comprenderéis”.

“Así lo decís – le dije –, así lo haré, que es cierto que mi vida puede ser bien larga, mas os advierto que mi misión, desde hace muchos años, es estar al lado de la Casa Real. No seré impedimento en vuestros planes, mas sí os pido me informéis de cada paso que se dé,  e aquí mesmo e agora mesmo, he de juraros también que cumpliré la promesa de no abrir el estuche si no se dan las circunstancias que decís”.

“Contad con eso – respondió seguro – e si no hago lo que os digo, Dios me juzgue”.

Fui traído otra vez a Sevilla e pasé hasta treinta años casi encerrado y en mis labores obligadas en el Hospital de la Caridad , hasta que recebí aviso por escrito de ser recogido para ir a Madrid por encontrarse el General muy enfermo. Se me llevó a la capital en tren custodiado por dos guardias armados e fue el viaje más largo de un día. Y al llegar al palacio, fui recebido con honores e luego vino a saludarme la esposa del General, doña Carmen Polo (que parecióme un poco sorda) e, tras esperar una pieza en una sala, hiciéronme entrar a su estancia e dijeron a todos salieran della. Así, me dijo el General en las puertas de su muerte:

“Capitán, capitán. Sólo al ver vuestro rostro sé que lo que dijisteis cumplisteis; e lo que os dije se cumplirá agora, que la muerte se acerca e han de cambiar muchas cosas. Habed cuidado con estos que se llaman comunistas, que pareciendo querer lo mejor para el pueblo, no cuidan el pensamiento de cada persona. El peligro de España sigue dentro della”.

Pidiéndole licencia para acercarme a él e tocarle, me dijo que de pocos había confianza mas que le había demostrado mi humildad e mi valentía. Así, poniéndole las manos sobre su cuello e sobre su pecho, le dije con resignación:

“General, salvador de España aunque no lo hayáis hecho como yo hubiese querido, he de deciros que Dios ya os ha concedido el tiempo que teníais de vida, e que, teniendo yo algunos remedios para algunos males, la vejez no puedo sanar, que no es enfermedad, mi general, sino ley de la vida”.

“Lo sé, capitán – dijo –. Eso lo sé e no os envidio por vuestra larga vida, que os veo tal como os conocí. Os dejo a un Príncipe de España demasiado jóven, don Juan Carlos, que ha de ser el que nos devuelva el Reino. Recordad: Si viéseis no cumple su misión, no lo dudéis, usad el estuche que os entregué. Pienso antes está España que la Casa Real. Luchad por vuestra tierra como hasta agora lo habéis hecho”.

E diciendo estas palabras, aparecieron unos guardias e me dijeron debería salir del aposento.

Poco tiempo pasó hasta el anuncio de la muerte del Generalísimo e comenzaron a prepararse los nuevos trazados políticos de España. Mas seguí yo oculto en casa hasta no ver se cumpliera la promesa del general.

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Última actualización: sábado, 18 de noviembre de 2006